sábado, 24 de diciembre de 2016

Monólogo del hombre que levita

Primero fue la necesidad de despegarme, el ochenta por ciento de lo que había en el suelo no me gustaba: suciedad, colillas, papeles, escupitajos, cáscaras de fruta... también estaban los pisotones, las zancadillas y los empujones.

Para ayudarme, me compré un canario y también me ponía arias de ópera en el tocadiscos: se trataba de conseguir elevarme. Tenía precedentes: los números de levitación de los circos y los ermitaños areopagitas de la antigüedad.

Y un día, al salir de casa, me di cuenta de que me había olvidado los zapatos. ¡No me los había olvidado!, ¡no tocaba de pies al suelo! Ahora, no sé si seguir, porque el mundo, en las fotos que recibimos de los satélites... ¡parece tan bonito!

Pedro Casas Serra

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