domingo, 11 de julio de 2010

Llanto sobre el Rhin

I

¿No oís sus voces? Suenan airadas
apagando el eco de vuestras canciones.
Vienen en tropel, de todas partes
surgen emergiendo del lodo.

Mientras los días transcurren placenteros,
acecha el monstruo, y de sus fauces
brotan llamas que abrasan.
Miras y no ves sino desesperación.

¿Valía la pena tañer campanas?,
¿las palabras solemnes?, ¿los himnos marciales?
Los jardines con cruces no contestan,
con dulce silencio resignado.

Si aún te quedan fuerzas, acércate al río,
métete en el agua, hunde tu cabeza
y reza una oración,
así, probablemente conocerás la respuesta.

II

He visto saltar las techumbres
entre truenos de bombas y rojas llamaradas,
y a las gentes, como chinches,
abandonar sus casas.

Hoy suenan de nuevo las campanas
y enamorados enlazados
me contemplan, arcángel
al que un arzobispo anidó en su torre.

Cualquier día me echaré a volar,
yo también necesitado de otro
que imagino me aguarda
al otro lado del pináculo.

También yo necesito de su sangre
y de que sacie sus apetitos en mí,
mordisqueándome las alas
hasta alcanzar el orgasmo.

III

El río transcurre placentero
arrastrando indolente las barcazas,
entre viejos castillos
que ríen desdentados su soberbia.

Él da la razón a los niños
que chapotean desnudos sus orillas,
y a los enamorados que bajo los sauces
tienden mantas sobre las que yacer.

¡Qué no crezcan esos niños dorados
que aparecen y desaparecen entre sus aguas!
¡Que no cesen los amantes en sus juegos!
¡Que no pase el tiempo!

Pues recordad esos días odiosos
en que, bajo las botas,
temblaban los puentes,
y aun las piedras lloraban.

Pedro Casas Serra (11-08-2003)

No hay comentarios:

Publicar un comentario