lunes, 26 de mayo de 2014

Romance de Ángel Félix

A Ángel Félix

Hace muchos años, en uno de los frecuentes viajes que por entonces hacía entre Barcelona y Madrid, recalé en la muy leal ciudad de Zaragoza. Tras postrarme ante la Pilarica y saciar mi hambre en un viejo mesón, hallándome perdido por las callejas que conforman su casco antiguo, fui a dar frente a un almacén de muebles y trastos viejos, sin rótulo alguno que lo anunciara. Entré por curiosidad, y anduve revolviendo entre mil cosas que allí había, hasta que quedé prendado de un tarro viejo de cerámica que, burdamente pintada, llevaba lo que parecía una inscripción en árabe. Tras convenir el precio con su propietario -un viejecito amable pero poco hablador-, me lo llevé a mi casa en Barcelona y lo deposité sobre un estante del salón. El miércoles pasado, alertado por el estruendo, acudí al salón y me encontré el tarro, o mejor dicho lo que quedaba de él, en el suelo, y a la señora de la limpieza, muy compungida, a su lado... ¡Alabado sea Dios! Lo más sorprendente es, que entre sus pedazos, apareció un manuscrito apenas legible, que contenía unos versos -por su forma un romance-, anónimo, y que llevaba por título "Romance de Ángel Félix", y conociendo que nuestro Ángel Félix es originario de las tierras de Aragón, no he podido sustraerme al deseo de traerlo hoy aquí y compartirlo con todos vosotros.


"Romance de Ángel Félix" *

-¡Ángel Félix, Ángel Félix,
ángel de la angelosía,
el día que tú naciste
grandes señales había!
Estaba tu padre en calma,
tu madre estaba crecida:
ángel que en tal signo nace
debe escribir poesía.-
Allí respondiera el Ángel,
bien oiréis lo que decía:
-Yo la escribiré, señor,
aunque me cueste la vida;
porque soy hijo de un ángel
y una mortal serafina;
siendo yo niño y muchacho,
mi madre me lo decía:
que poesía escribiese,
que era grande lozanía:
por tanto, pregunta, rey,
que en verso te lo diría.
-Yo te agradezco, Ángel Félix,
aquesta tu cortesía.
¿Qué castillos son aquellos?
¡Altos son y relucían!
-La Copla era, señor,
y la otra la Serranilla:
cantares de segadores
labrados a maravilla.
El ángel que los labraba
cien dirhams ganaba al día,
y el día que no los labra,
otros tantos se perdía.
El otro es el Romancero,
huerta que par no tenía:
el otro el Cantar de Gesta,
castillo de gran valia.-
Allí habló el rey Al-Muqtádir,
bien oiréis lo que decía:
-Poesía, si tu quisieras,
contigo me casaría:
daréte en arras y dote
la Prosa y la Narrativa.
-Casada soy, Al-Muqtádir,
casada soy, no viudita;
el Ángel que a mí me tiene
muy grande bien me quería.



* En la Edad Media, los romances se transmitían por vía oral a través de los juglares, que los recitaban de plaza en plaza. Esto hizo que llegaran hasta nosotros fragmentados y en distintas versiones. Este romance de Ángel Félix guarda gran similitud con el romance de Abenámar, romance anónimo del siglo XV muy conocido. Todo hace suponer que éste, el de Ángel Félix, es más antiguo que el romance de Abenámar, pues está situado durante el reinado del rey moro de Zaragoza, Al-Muqtádir (1046- 1081), mientras que el de Abenamar lo está durante el reinado de Juan II de Castilla (1406-1454), por consiguiente casi cuatro siglos después. De esta forma, el romance de Abenámar no sería sino un apócrifo del romance de Ángel Félix, probablemente escrito por un tal Abenámar para ensalzar su propio nombre y así pasar así a la historia. La aparición ahora del romance de Ángel Félix pone las cosas en su sitio. ¡A Ángel Félix lo que es de Ángel Félix y a Abenámar lo que es de Abenámar!

Pedro Casas Serra (13-06-2012)

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