miércoles, 24 de agosto de 2016

Primera visita a la sauna

A la entrada -discretamente
privada por las plantas-,
un conserje -desagradablemente
amanerado-, te cobra el ticket
y te da la llave, un paño, una toalla
y unas zapatillas. Siguiendo un pasillo,
llegas al vestuario repleto de espejos
por los que mirar, mirarle, mirarte,
mirarse, miraros. Has llegado al reino
de la mirada: esquiva, angulada,
rápida, oculta, inapreciable.
Te quitas la ropa, enrollas el paño,
echas la toalla, calzas zapatillas
y de la muñeca, te cuelgas la llave.
Ya dispuesto, bajas  por una escalera
y lo que primero vés, es la piscina
de agua burbujeante, de la que, desnuda,
la gente entra y sale cual de una pecera.
Gente que al cruzarse apenas se mira,
que no se saluda, pero que se sigue
al reino del tacto. Éste da comienzo
en el laberinto: totalmente oscuro,
música suave, camastros con cuerpos
que aguardan pacientes en total reposo.
Junto a él la sauna -de breve visita
dado su calor-, y luego el vapor
-donde es como adentrarse en una nube,
y tanteando encuentras otro cuerpo
que también te tantea en mutuo reconocimiento-.
Luego vais a la sala común de duchas
-paraíso de mirones-, y pasado
el cuartito de la televisión
-todo un toque hogareño-, y el bar,
llegáis a las cabinas de masaje...

Pedro Casas Serra

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