lunes, 27 de febrero de 2017

El tren

(Declaración de amor en un aniversario.)

Día claro, sin nubes,
y yo en un tren hacia Vilafranca,
consciente de que mi enfermedad me engaña,
y sin embargo, repetidamente confundido.
¡Cuántas cosas no he hecho!
¡Cuántas personas no he conocido por un temor injustificado!
¡Cuántas he rechazado por un motivo baladí!
¡El tren conoce su camino mucho mejor que yo!
Enfermedad que crea desconfianza:
“Quieren fastidiarme.” “No me entienden.”
“¿Soy objetivo?” “¿Podré acabarlo?”
Paso por estaciones casi vacías
- en estas fechas, por esta línea,
no viaja casi nadie.
Pero la soledad no me molesta,
la gente siempre obliga a algo,
hablar, reír... exige un esfuerzo
que hoy no estoy dispuesto a hacer.
La mirada se extiende
y el paisaje pasa como una película.
¡Cuántas imágenes! ¡Cuántos colores!
¡Cuántas luces me llenan interiormente!
Necesito la luz, el aire,
creo que moriría si perdiera la vista.
Después el tacto, pero
más que el que produce tocar,
el que produce que te toquen:
el sol, unas manos que te acarician...
El habla, depende de los días, las personas.
El olfato - ese desconocido.
El oído es el menos necesario,
casi todos los sonidos son molestos:
el traqueteo del tren,
las voces agudas de dos mujeres que hablan.
Me comunican más los árboles - pinos -
la tierra rojiza, el cielo azul,
los matorrales, las cañas junto a la vía,
el río que atravieso.
Me llenan mucho más
y me acompañan
mucho más que las palabras:
las que anuncian las estaciones
- siempre estridentes, resonantes -
las de las dos mujeres que ahora bajan
- las personas son más agradables cuando callan
o hablan bajo, modulan,
sonríen mejor que ríen,
hay pocas risas amables, naturales.
Ahora vamos más aprisa,
lo pequeño apenas se fija en la retina,
solo quedan las formas más grandes:
el bosque, el viñedo, las colinas, el talud,
la carretera que atravesamos...
Y otra parada, Gelida.
¡Para qué correr tanto si enseguida se para!
Me gustaría pintar este paisaje,
describirlo con un lápiz,
tan natural, todo vida,
con sus mil colores y sus mil formas,
sus mil olores, sensaciones al tacto,
sonidos apenas perceptibles.
Integrarme en la naturaleza
- me siento parte de ella- más animal que racional.
Me gusta más ser animal:
en pleno bosque, revolcarme en la tierra,
acariciar las hojas,
ver el cielo a su trasluz.
La civilización me incomoda:
la velocidad, el estruendo,
la masificación, los malos olores,
la polución, los espacios limitados,
su gris sucio, la dureza del cemento,
los prefabricados, la música enlatada.
En el campo, en la playa,
mi mente se abre, se expande,
se desatasca, se desentumece, sale afuera,
llamada por el sol, el aire
- mil veces más matizado que la luz eléctrica,
mil veces más saludable que el aire acondicionado -
la tierra, las copas de los árboles
- mil veces más amplia que cualquier piso,
mil veces más altas que cualquier techo -
la tibieza del sol, el sonido del campo
- mil veces más abrigado que cualquier vestido,
mil veces más grato que cualquier música -
y con mis piernas, mis brazos
- mil veces más resistentes que cualquier vehículo,
mil veces mas aptos que cualquier instrumento -
recorrer un paisaje, un espacio
- mil veces más pintoresco que cualquier habitación,
mil veces mayor que cualquier frontera -
para llegar hasta otro animal,
como yo,
que con su forma, su luz, sus gestos,
su olor, su expresión, su movimiento,
me atrae
- mil veces más que cualquier objeto,
mil veces más que cualquier monumento -
para abrazarlo,
como si fuera un árbol, el sol, el mar, el viento.

Pedro Casas Serra

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