domingo, 13 de octubre de 2013

La excursión

Salí del camping muy temprano,
mi perra por delante.
Tomé la carretera junto al río,
hacia su cabecera.
A un lado veía el río
al fondo de un barranco,
al otro
trigales salpicados de amapolas,
y en los arcenes,
copudos árboles
formaban casi un túnel.
Llegado al puente
donde la carretera cruza el río
y se aleja hacia el valle vecino,
donde la zona de acampada
entonces vacía,
tomé la pista,
que, por su margen derecho,
sigue el río.
Pasé el canal de la central eléctrica
con su gorgoteo de agua al deslizarse,
llegué a la presa rota,
la que forma un remanso de aguas frías
donde me he chapuzado algunas veces,
avisté la masía abandonada
y la pequeña ermita en la colina,
alcancé la casa de colonias
y en la fuente de enfrente,
bebí un trago.
Dejé la pista
y cogí un sendero
al lado de otro río,
si menos caudaloso más bravío,
y primero entre prados,
otrora cultivados
por los habitantes del molino en ruinas,
y después
entre matorrales y arbustos,
fui subiendo.
El tiempo iba pasando en el esfuerzo
y el sol, siempre más alto,
golpeaba mis espaldas
ahogándome en calor.
Sudaba.
Por eso,
me quité la camisa
y la metí en la bolsa que llevaba
con un libro, la crema y la toalla.
Pronto,
los pantalones y la camiseta
hicieron compañía a la camisa.
En slip y alpargatas
continué el camino.
Ahora, el sendero
se hundía entre los árboles
formándose un ambiente
umbrío y húmedo.
Era agradable.
Sólo se oía el agua
y el trino de algún pájaro,
y a veces,
entre los matorrales,
vislumbraba el torrente.
Estaba entre semana,
en un sendero ignoto,
inaccesible para los automóviles,
por eso,
me quité el bañador y las alpargatas
y me quedé desnudo.
Y seguí caminando
desnudo.
Mis pies
me transmitían el pulso de la tierra,
mis oídos estaban
listos al menor ruido
y mi vista escrutaba el territorio
para librarme de cualquier tropiezo,
en tanto mis pulmones
se llenaban de la humedad del bosque;
y estaba todo sensibilizado,
en tensión,
y andaba presuroso,
saltando y brincando,
casi corriendo,
sintiéndome radiante,
lleno de fuerza y vida, liberado
de ataduras y angustias,
como formando parte
de un espacio naciente
que hollara yo el primero
descendiendo
genéticamente
por el árbol de la especie...
Alcancé el viejo puente
y bajé hasta un recodo del torrente,
donde el margen de piedra
lavado por el agua
forma un solarium natural.
Allí pasé el día.
Retocé como un niño
deslizándome por las bruñidas losas,
sumergiéndome en hoyos
en que el frío
me cortaba el aliento,
para luego tenderme
a secar en la orilla,
los miembros extendidos como un cristo,
abrazando ora el sol,
ora la tierra;
y otra vez remojones
y otra vez secadas,
adormilándome y desperezándome,
hasta que el sol se subió a la montaña
dejando el río en sombras.
Entonces, de regreso,
bajé por el torrente
dejándome llevar
hasta la casa de colonias.
Puse allí pie en la orilla,
extraje de mi bolsa
toda mi indumentaria,
me vestí,
bebí un trago en la fuente...
y regresé hacia el camping,
mi perra por delante.

Pedro Casas Serra (05-06-1992)

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